Estaba un día cualquiera esperando a mi novia, cuando la divisé a la
distancia. Traía consigo una caja de zapatos con agujeritos. Creyendo que
era una especie de broma hice caso omiso a este hecho, hasta que finalmente llegó
y lo primero que hizo fue extenderme la caja.
Desaté el cordón y adentro encontré un pequeño conejito
blanco con un lazo rosa en el cuello “ridícula” pensé con ternura, y al
encontrarme con su mirada caí en cuenta de que era para mí. Por un momento la
sorpresa se apodero de mí, jamás creí que mi mujer se tomaría en serio cuando
llegué a decirle que me gustaría tener un conejo de mascota. Lo tomé
cuidadosamente con mis manos y volteé a verla, ahí estaba, con su cabello color
chocolate, sus ojos oscuros y su pequeña boca en forma de corazón, esperando
una respuesta de mi parte mientras el peludo regalo se retorcía en mis manos.
“Gracias” fue lo único que atropelladamente salió de mi boca, lo regresé a su
cajita y nos fuimos a mi casa.
Mi departamento no era precisamente un lujo andante, tenía
un modesto comedor, mi cuarto, la cocina, un bañito y la sala donde sólo había
un enorme sofá de flores descoloridas que había sido de mi abuela. Era nuestro
lugar predilecto cuando Mica iba a mi casa, solíamos sentarnos en él y ver
películas (o no verlas), comíamos pizza los sábados mientras platicábamos e
incluso llegamos a desarrollar una afición particular por las guerras de
cojines.
Al llegar pusimos la caja en el suelo y lo dejamos tantear
terreno, éste saco cuidadosamente su hocico para verificar su nuevo panorama.
Después de unos minutos salió de la caja y se puso a brincar y correr por todas
partes, literal, como Pedro por su casa.
Lo bautizamos "Copito” después de horas de discusión
-Gracias a Dios que no teníamos hijos-, porque parecía un copo de nieve, pero
“copo de nieve” era un nombre muy largo. Con los días Copito le hizo honor a su
especie, dejando sus pequeños excrementos por todos lados y mordisqueando todos
mis muebles. No me habría molestado si no hubiera desarrollado una extraña
afición a roer las patas de mi adorado sofá, por lo cual se desencadenó una
pequeña guerra en la que temporalmente obtuve la victoria al poner una especie
de cerco para mantenerlo alejado del mueble.
Mica contribuía con comida y cosas en especie, pero la
patria protestad era mía, con lo cual tuve permiso de quitarle el lazo rosa,
vivía en MI casa y destruía MIS muebles cosa que al parecer nunca pasó por la
cabeza de mi atolondrada Mica.
El primer episodio sucedió un día que discutí con Mica y
ella se marchó dando un portazo y gritando cosas que preferiría omitir, sin
embargo no tuve tiempo para pensar mucho en la discusión ya que Copito enfermó
y tuve que llevarlo al veterinario. Primero creí que había sido por las zanahorias
que le había dado Mica y ya estaba empezando a sacar espuma de la boca, pero el
veterinario muy pacientemente me explicó que Copito necesitaba morder cosas por
algo de sus dientes que no entendí bien. Llegamos a casa y le compré un pedazo
de madera que fue totalmente ignorado. En mi crisis maternal Mica regresó con
bandera de paz y después de un abrazo de reconciliación tuvo una idea, quitó mi
cerco de seguridad. Más tardo ella en quitar las cajas que Copito en salir
disparado a comerse las patas del sofá. Ni modo, me resigné a que si quería ver
a mi conejito sano debería decirle adiós a mi sofá (O al menos a sus patas).
Nunca entendí bien como le hacía para roerlas y no
morir aplastado cuando se iban rompiendo y el sofá empezó a venirse abajo, lo
cierto es que pasados unos meses mi sofá ya no tenía tres de cuatro patas y mi
relación con Mica como el sofá estaba yéndose al piso.
Los pleitos y discusiones comenzaron a ser más frecuentes,
ella daba portazos, yo le mentaba la madre, el padre, la abuela y quizá la
mitad de su árbol genealógico. Copito parecía resentir mucho la situación,
conforme las cosas con ella se iban al carajo, el conejo comenzó a roer más
lentamente, a dejar de jugar, a dejar de brincar. Al principio no le di mucha
importancia, pero al ver que la cosa no pasaba de un par de malos días comencé
a asustarme.
Llegó un momento en que estaba más preocupada por Copito
que por Mica, yo creo que el veterinario debió sacarme una membresía de cliente
frecuente de tantas veces que iba para que revisara al animalito. Pasaban días
y no había cambio. Un sábado por la tarde llegué a mi casa y encontré una nota
de Mica que decía “Adiós”, comprobé sin mucho alboroto que todas sus cosas
habían desaparecido, colapsada por tantos acontecimientos me tiré sobre mi sofá
¡ZAZ! Con mi peso la última pata se quebró hasta dejar el mueble al ras del
suelo, y al voltear a mi lado derecho vi a mi bolita de pelos tirada ahí, presa
de un sueño infinito.
Se murió el amor.
Pasé de estar así :3 a :´( . Pérdida por partida triple ...
ResponderEliminarY mira, nada más no revivió. Pero aun lo recuerdo y mucho.
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